viernes, septiembre 28, 2012

Grafiti


Quito era una ciudad tranquila, de pocos lectores y de una masa de intelectualoides, como en toda Hispanoamérica, de izquierda. De manera curiosa los grafitis en Ecuador como en toda ciudad, sin importar sus dimensiones, es un medio de expresión escrito, gráfico o mixto que conlleva un nivel mediano de introspección. Refiérome a todos aquellos grafitis que tienen por intención el compartir una idea estructurada y no aquellos de los cuales sólo sabemos que «Jonathan ama a Wendy». Con mucho agrado me he encontrado con buenos grafitis a lo largo del tiempo, sin embargo anécdotas de un grafiti y una pared hay pocas.

Años 90, en un Quito apacible y tradicional, un dueño de casa al levantarse temprano para seguir el ordinario curso de su día, descubría con escándalo que alguien había rayado su pared.

El dueño de casa, de manera certera encontraba molesto los mensajes noche tras noche plasmados en su tapial. Tanto es así que al día siguiente la pared era lijada y pintada con sumo esmero. El grafiti fresco podía durar máximo 2 días sin ser cubierto de nuevo.

El juego del autor del grafiti y del dueño de casa era visto por todos quienes transitábamos de manera regular por la zona. Grafiti con letras azul- pared pintada- grafiti con letra negra- pared pintada y así.

Los tejuelos del tapial seguro estaba envidioso se tanto mantenimiento que recibía la pared. Obvio.

Un día, el grafiti dejó de ser una idea política o un divertido chascarrillo o retruécano. Esta vez era un mensaje para el dueño de casa:

«SU PARED TIENE UN, NO SÉ QUÉ.»

El juego había terminado. El dueño de casa se rindió y por mucho tiempo ese grafiti permaneció en la pared como una evidencia que las ideas siempre triunfan.

Hoy en día, esa pared ya no existe y se levanta un edificio. De haber sido el arquitecto hubiese puesto de nombre a la estructura nueva la leyenda del grafiti que transcribí.