El triste espectador resurge de un sueño de letargo azuzado por lo oprobioso, por lo difamante, y por la horrenda realidad de una Nación con valores trascocados. Nuestro saco de valores tiene una fuga, y el honor parece haber caído de manera irremediable.
Ahora quien acusa de trafasías es objeto del ataque desmesurado. El triste espectador llora ante este escenario lúgubre; la corrupción gana a pasos agigantados a quienes en pos de denunciar un hecho de manipulación y ventajas desleales, ahora son perforados por los necrosos punzones de la vergüenza propia.
Sí, lo reconozco, obtuve información sobre un acto de corrupción y lo expuse a mis anchas, tratando de despertar a la gran masa de esta amnesia colectiva, de lo que se supone vivir en sociedad es. Hace no muchos años, la palabra y el honor eran los valores más ponderados en la vida de las personas. Pero al parecer hoy por hoy vale más callar.
Corrupción es, según los letrados de la Real Academia de la Lengua una "práctica consistente en la utilización de las funciones y medios de aquellas en provecho, económico o de otra índole, de sus gestores."
El efecto de actos como tal repercuten, no solo en los intereses que esas personas alcanzan o pretenden alcanzar, sino que en su proceso enlodan a quienes con o sin culpa esten cerca del hecho mismo, o sean hasta parientes, amigos, concocidos, et al.
Años atras, la persona enlodada se convertía en un paria, y de igual modo, al haber perdido su honor y palabra, su familia se veía envuelta en un tunel amargo de descrédito y ostracismo. Pero hoy en día quien denuncia merece el descrédito.
¿En que punto -y confieso que le perdí la pista al desarrollo de valores sociales colecivos ecuatorianos- quien busca la rectitud, y denuncia se convierte en el perseguido, o peor aun se le suguiere pedir disculpas a los "ofendidos" de los actos pútridos que se llevaron a cabo?
El triste espectador no se disculpa. El triste espectador gruñe ante esa actitud; rechinan dientes de la rabia reprimida, y solo quiere gritar del enojo.
Arguyen que debo respeto. Sin embargo si quieren respeto y su honor intacto reclamen a quien se los quitó: no a quien denuncia actos cobardes; sino a su relacionado que con sus procederes obscuros y revanchistas despojan a sus seres cercanos del derecho en vivir en paz.
Yo no tengo la culpa de tus relaciones, yo no tengo al culpa de quien eres o de donde naciste.
Pero al parecer es mejor no ofender y callar las torcidas verdades.
Ya lo descubrí -¡Eureka!-
El honor no se cayó del saco, escapó ante tanto apático y criterios soslayados. La honor le tiene vergüenza a Ecuador, el honor es libre en cualquier otro lugar.
El honor ya no tiene cabida.
Hasta luego. Espero que no sea Hasta Siempre...
1 comentario:
No es tan diferente de México. Que triste.
Publicar un comentario