viernes, septiembre 16, 2016

El Militante



Jorge Icaza, dramaturgo y escritor ecuatoriano en la confección de, tal vez su obra más reconocida:  Huasipungo (1934), urdió como en una acuarela la radiografía de los males que desde esa época apretaban al Ecuador.
Huasipungo es una obra ficticia que es considerada como el nacimiento del movimiento literario indigenista en el país. Con semejante clasificación, es usual que la obra sea asignatura forzosa en las clases de Literatura de todo colegio. Recuerdo haberla leído a mis tempranos 14 años. No. Sería más adecuado decir que la padecí, página a página y hoja por hoja. Y sí lo admito, para ser una novela corta la sufrí como un plato de comida con mucha sal pero que necesitas acabar. El contenido de la denuncia de Icaza, necesita un lector más curtido, más delirante y mucho más decepcionado del existir y funcionar de la sociedad.

Un buen día, a mediados de agosto, tomé por afición de acompañante de baño, releer las obras que me causaron más somnolencia en mi adolescencia. Quería estar seguro de no haberme perdido algún saber o sentir fundamental de la raquítica escena cultural local. Con este sonso experimento en el que me embarqué, descubrí algo más allá del típico análisis socialistoide en el que la mayoría de alumnos recaímos al momento de hacer un ensayo sobre la novela de Icaza. Casi la mayoría del análisis de la obra de Icaza se funda en el paso más evidente de las injusticias y escenarios que se describen: la opresión del patrón blanco al inocente indio. El capital perverso sobre la labor humana. La denigración del saber del indio y la supremacía impuesta del entender del blanco.

Evité digerir el típico análisis y buscar la quinta pata al gato. Ya tuve mi dosis de indignación a los 14 años, cosa que se aupaba más con las rebeliones de las hormonas que se regaban en mi joven cuerpecito. Es así que encontré a Jacinto.

Jacinto Quintana era el teniente político del pueblo. Mestizo, de padre blanco y madre indígena. Personaje que rehuye de la herencia genética de su madre. Rehuye ser el resultado de la mezcla, seguramente forzada del padre blanco sobre la india manceba. Rehuye de cómo se siente, de lo que es y naturalmente reprime su sangre indígena.

En la obra queda claro que a Quintana le faltan defectos y le sobran oficios. Es el teniente político, cantinero y capataz; al mismo son es autoritario, tozudo, mercurial, corrupto y maltrata a quien considere inferior a él.
El teniente político Quintana es corrupto, no duda en virar la vista cuando conviene a los intereses de los blancos que desea agraciar. El cantinero Quintana es iracundo y mercurial, prepotente. El capataz Quintana es tal vez el peor y el que más me interesó. Jaime Quintana en su mente, sabe que es mezcla de sus padres, tanto blanco como indio. En su oficio de capataz se encuentra más cercano a la sangre que repudia, al origen que desprecia, a la gente a la que pertenece en una mitad de su existir: él está al mando de sus semejantes. Es en este personaje que Quintana muestra crueldad, resentimiento y se permite mediante el maltrato diferenciarse del indio. Lo aplasta, pulveriza lo quiere destruir y muy dentro de sí cree purgarse de esa sangre tan suya que destruye su propia identidad. El resultado es un Quintana de caparazón blanca y en su núcleo odio, malestar y envidia. Un hipócrita con poder.

Quintana el día de hoy sería adherente a las filas de la Revolución Ciudadana. Con su carné de color verdeflex, con su camisa zuleta bordada y la sonrisa hipócrita. Sería notario "sorteado" del grupo de beneficiados amigos de Jahlk o juez de primera instancia del grupo de beneficiados amigos de Mera o de esos supervisores de otros servidores públicos,  de esos que con una pizca minúscula porción de poder se encargan de ejercer el servicio público a pesar del ciudadano y no para el ciudadano. Quintana estaría al pendiente de cualquier error de un "compañerito" para poder acusarlo y poder dar ese puesto a su compadrito. Quintana tendría una cuenta de ahorros cifrada en un paraíso fiscal en donde deposita las tajadas generosas de los contratos a los que les dio su visto bueno y al mismo tiempo tendría la sinvergüencería de pedir transparencia de cuentas de funcionarios públicos. Quintana aplaude al leer el Telégrafo, corea las frases de Rafael Correa de las sabatinas y revisa religiosamente el blog www.frasesrafaelcorrea.com. Quintana es parte del troll center de Joana Játiva o Amauri Chamorro y amenaza a la familia de Clever Jiménez o a la Carlos Andrés Vera; en su tiempo libre lanza botes de pintura en la casa de algún tuitero "opositor trucho" y al mismo tiempo defiende la sagrada familia de Rafico y las lúcidas ideas de Anne Dominique Correa Malherbe. En fin Quintana es el resumen de la militancia resentida, de educación comunistoide que adolesce de filosofía y es atiborrada de politiquería, el perfecto borrego mamador del dinero del erario público de mi país. 

A pesar de haber transcurrido más de 80 años desde que Icaza publicó su novela, me deprime reconocer que esos males no han sido sepultados y que a pesar de la denuncia literata tan solo se escaparon todos ellos impunes y persisten hoy vigentes del todo. Lo que más miedo me da es que, ellos, vienen por más.

3 comentarios:

Unknown dijo...

Leyendo tu "análisis", sumado a tu cuenta de Twitter se nota claramente que mas bien tú eres el personaje Quintana que describes: te crees superior que el resto que no profesa tu ideología política, te burlas de la gente de menor nivel de instrucción, e insultas y denigras a todo aquel que osara contradecirte. Hay gente valiosa en todas partes, de todas las ideologías políticas, religiosas, económicas, etc. y hay también de los otros (como tú) que creen que pueden encasillar a todo un grupo de gente con un estereotipo trillado. Ojalá puedas darte cuenta a tiempo y dejes de llenar de odio a todos quienes tienen la desdicha de leer tus opiniones.

Anónimo dijo...

ABSOLUTAMENTE DE ACUERDO. PENDEJOTRON ES QUINTANA!

Anónimo dijo...

ah si? nombra uno que valga la pena del correismo...(reto serio)